miércoles, 10 de julio de 2019

Un corsario, Napoleón, extranjeros, pobres y peregrinos (Ábside 2013)


Villamayor
En el estudio de los libros parroquiales[1] encontramos datos demográficos, históricos, genealógicos, etc., junto a  ellos podemos extraer información más cotidiana sobre las personas que nacían y morían en la parroquia, unidad territorial que articulaba  Asturias desde la Edad Media[2]. En este artículo vamos a hacer un repaso por algunos de los personajes más peculiares que habitaron la parroquia de Villamayor desde la elaboración de los libros parroquiales[3].
Uno de los casos más singulares fue el de Francisco de la Arena, este vecino de Villamayor falleció en 1747, pero no llegó la noticia de su muerte hasta 1750, en su partida de defunción se decía “que andaba al corso[4]”. Parece ser que el bueno de Francisco, según contaba en una carta un compañero suyo de correrías, llamado José de Balmori vecino de Celorio en Llanes,
                               
 “se ahogo al abordar un navío inglés al caer al mar”. En fin peligros de embarcarse en este tipo de aventuras siendo de tierra a dentro.
En plena Guerra de Independencia contra los franceses[5], parece ser que no todos asturianos consideraban enemigos a estos. El 27 de octubre de 1807 se bautizó un niño nacido en Torin con el significativo nombre de José Napoleón, era hijo de Antonio Avellanedo Miguel y María Crespo Sierra, de lo que no tenemos constancia es que si con la derrota de los franceses el niño tuvo que pasar de nuevo por la pila bautismal y cambiar su nombre.
Actualmente es normal que residan en nuestra tierra gentes venidas de muchas partes del planeta, pero esto no es nuevo, siempre hubo gente que recorrió el mundo buscando nuevas oportunidades o simplemente por el placer de de conocer otros lugares. En Villamayor tuvimos dos ejemplos, documentados, uno fue Alberto Antonio Chillame ó Guillames. Sobre él sabemos que el 13 de octubre de 1748 se casó con Marina González fijando su lugar de residencia en Villamayor. Del señor Guillames conocemos que fue originario de Bruselas “en el reino de Flandes” y que anteriormente había estado casado con Isabel González, con la que había vivido en San Juan de Berbío hasta que enviudo. El señor Guillames falleció el 7 de junio de 1757 “pobre de solemnidad”.
El otro extranjero del que tenemos noticia es de Pedro Ypón alias “Tiro Tiro”, falleció el 17 de abril de 1774, y en su partida de defunción decía “pobre estrangero, no sé de dónde era natural, su habla estrangera y su oficio hojalatero”. Parece ser que se trataba de un artesano itinerante el cual falleció en Villamayor en casa de Jerónimo de Cué, “dónde amaneció difunto sin que nadie le viese morir”, finalmente se subastaron las herramientas que utilizaba en su oficio para sufragar su entierro.
También sorprendía la muerte a personas procedentes de otras regiones. El 4 de abril de 1804 falleció Bartolomé Lope de Villa, el cura anota lo siguiente: “di sepultura al cadáver de uno que según su traje parecía castellano”.
El 17 de diciembre de 1832 se entierra a un pobre de nombre desconocido, “pero había manifestado ser de la provincia de Alaba y que había sido durante diez años conductor de tabaco en la villa de Pedrosa”.
Como vemos alguno de los anteriores fallecidos son calificados como pobres, dentro del grupo formado por la gente sin recursos existía gran variedad tipológica. Por ejemplo tenemos noticia de dos criados de ciego muertos ambos en 1742. Uno se llamaba Francisco del Prado, vecino de Tanes en Caso, el cual servía al ciego Ventura Peri, “que pasaban a buscar su vida”. El otro criado de ciego era José García originario de Marto de Villaserena en Castilla, que servía a Atanasio Díaz, que vivía en Villamayor aunque procedía de Oseja de Sajambre en León, Atanasio murió en 1747.
Otro tipo de pobre era el denominado como “pobre mendigante”, este fue el caso de Pedro Domínguez fallecido el 31 de marzo de 1767.  Este hombre, que residía en Santa Eulalia de Ardisana en Llanes, poseía licencia del provisor del obispado de Oviedo para pedir limosna con la “imagen y cara” del Glorioso San Miguel Arcángel de la parroquia de Ardisana.
También dejan huella en los libros parroquialeslos peregrinos. En 1738 se enterró en Villamayor Juan Fernández “peregrino vecino de Sevilla que pasaba de Santiago a Covadonga, privado de repente fue enterrado de caridad”. Quizás Juan peregrinó a través de la ruta jacobea que partía de Sevilla aprovechando la Vía de la Plata o Camino Mozárabe y que llegaba hasta Santiago de Compostela, ¡unos 1.000 kilómetros!, después prosiguió su peregrinación hacia Covadonga pero se quedó a las puertas.
En 1796 fue enterrado otro peregrino llamado Bernardo Gutiérrez, de él no sabemos qué camino llevaba ni de donde era, el cura anotó lacónicamente: “peregrino y pobre, muere de muerte repentina y no declara a que parroquia pertenece”.
Un tercer ejemplo de peregrina, en este caso no de carácter religioso, es el de Josefa Fernández Amieba, vecina de Venciella en la parroquia de Fresnedo, que dio a luz a una hija en Antrialgo el ocho de mayo de 1770. La niña fue bautizada como María Catalina y el párroco anota lo siguiente: “Forastera. Muger pasaxera que pario en el lugar de Antrialgo, de esta dicha parroquia, cuyo padre dixo no le conocer por ser caminante”. 
Como epilogo a tanta desgracia unos apuntes sobre algo más prosaico, aunque relacionado con la muerte, las herencias.
En estas épocas las mujeres no podían disponer de sus bienes libremente, si fallecían lo que tenían iba a parar bien a sus maridos, o hijos varones si estas estaban viudas, o a los hermanos o padres si estaban solteras.
Un ejemplo lo tenemos en Ana Marina Álvarez, fallecida en 1664, que deja como heredero a su hermano Francisco Marina “según costumbre del lugar” como dice su partida de defunción.
Con el paso de los años las mujeres empezaron a poder decidir algo más sobre sus herencias, en 1764 Josefa Molina, viuda de Pedro Pumarada decide mejorar la parte que deja a su hijo Alonso de la Pumarada con un tercio y un quinto de sus bienes para que continuara con sus estudios.
Otro caso es el de Manuela Crespo, soltera, que dejó sus bienes a su sobrino Alonso Zarabozo, clérigo en primas[6], para conseguir su licencia del estado sacerdotal.
Pero no todo eran buenas intenciones, en 1768 muere en Villamayor María Suárez que había hecho memoria de testamento por escrito ante testigos, se retracta de su primera intención. María revocó una escritura de exención a favor de Francisco del Conde, su primo y vecino, “por no haber cumplido con las condiciones de la escritura y dejó a su ánima como heredera”, es decir se deja como heredera así misma después de muerta para que se empleasen sus bienes en su salvación eterna.
Con el paso de los años la situación de la mujer fue avanzando, poco apoco, en 1821 encontramos un testamento oral en el que Nicolás Felguera otorga a su mujer Josefa Vigil la facultad de disponer libremente de los bienes heredados, expresado de la siguiente manera: “dejo a mí mujer la facultad de hacer y deshacer quanto se hallase sin que se le puedan pedir cuentas”. 
En fin aquí les dejamos un corolario de personajes y circunstancias dadas en nuestra parroquia, esperando que hayan sido de su agrado.

José Antonio Longo Marina  






[1] En el artículo se mantiene la ortografía de la época, aunque no coincida con la actual, en las citas textuales que van en cursiva y entre comillas.
[2] Sobre la formación de la red parroquial asturiana se puede ampliar la información en el libro publicado por CALLEJA PUERTA, M.: La formación de la red parroquial de la Diócesis de Oviedo en la Edad Media. Oviedo, 2000.
[3] Los libros parroquiales más antiguos conservados  en Villamayor son de principios del siglo XVII. Los datos han sido extraídos del Archivo Diocesano de Oviedo.
[4] Un corsario era una suerte de “pirata legal” que embarcado en un navío con patente de corso concedida por un Estado se dedicaba a asaltar barcos de potencias rivales.
[5] La Guerra de Independencia transcurrió desde 1808 hasta 1814.
[6] Clérigo de Prima: Eran aquellos clérigos graduados en teología y opositores a beneficios de una
capellanía, solo tenían la primera tonsura y no tenían la sagrada orden ni la epístola.

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